Scarlet: una tragedia de Shakespeare reinterpretada

Ya está en cartelera Scarlet (Hateshinaki Sukāretto!), lo último del director japonés Mamoru Hosoda, quien tiene una de las filmografías más interesantes de la animación contemporánea. Desde La chica que saltaba a través del tiempo(2006) hasta El niño y la bestia (2015), pasando por la nominada al Óscar Mirai(2018) y Belle (2021), su cine ha explorado constantemente la conexión entre mundos distintos, los vínculos familiares y el paso del tiempo.
Con Scarlet, Hosoda vuelve a esos temas, pero lo hace desde un lugar mucho más oscuro. Inspirada libremente en la tragedia Hamlet de William Shakespeare, la película mezcla drama histórico, fantasía y reflexión existencial en una historia que busca ir más allá de la clásica narrativa de venganza.

Una princesa atrapada entre la vida y la muerte
La protagonista es Scarlet, una princesa de Dinamarca del siglo XVI que busca vengar el asesinato de su padre, cometido por su propio tío. Pero antes de lograrlo, el mismo hombre consigue envenenarla.
En lugar de morir, Scarlet despierta en una especie de limbo entre la vida y la muerte. Allí conoce a Hijiri, un joven del Japón contemporáneo. El encuentro entre ambos abre una dimensión muy característica del cine de Hosoda: la conexión entre tiempos y mundos distintos.
A partir de ese punto, la película se transforma en algo más que una historia de venganza. La narrativa comienza a girar hacia preguntas más profundas: qué significa realmente seguir viviendo, cuánto pesan nuestros recuerdos y si es posible romper los ciclos de dolor que heredamos.

Una épica visual pero…
En términos visuales, Scarlet es una de las propuestas más ambiciosas del director. Sus escenas épicas, el uso del color y la composición de los paisajes evocan por momentos el espíritu de Ran (1985) de Akira Kurosawa (obra también que toma como base una tragedia de Shakespeare, en este caso El Rey Lear), con una estética que mezcla la tragedia clásica con el lenguaje del anime contemporáneo.
La combinación de animación 2D y 3D permite construir escenarios de gran escala sin perder la expresividad de los personajes. En ese sentido, el trabajo del estudio Studio Chizu, quien se ha encargado de animar las últimas películas del director, vuelve a demostrar su capacidad para equilibrar espectáculo visual con sensibilidad emocional.
Sin embargo, no todo funciona con la misma fuerza.
La relación entre Scarlet y Hijiri, que debería ser el eje emocional de la historia, se siente algo apresurada. El romance está presente, pero no alcanza a desarrollarse plenamente.
La música, en cambio, sí juega un papel importante dentro del relato, reforzando el tono melancólico que atraviesa gran parte de la historia. Aun así, hay una escena musical particularmente llamativa que, pese a ser espectacular desde lo visual rompe un poco con la narrativa.

En conclusión
Scarlet se posiciona como una pieza fascinante dentro de la filmografía de Hosoda. Si bien retoma temas presentes desde su primer trabajo; como el crecimiento visto en la OVA de Digimon Adventure, la identidad digital en Belle o la reflexión sobre el tiempo y la familia en Mirai. Ahora el director parece plantearse una pregunta más profunda: ¿qué significa realmente estar vivo?.
La película explora el peso de la memoria, el dolor heredado y la posibilidad de hallar una salida distinta a la violencia. Quizás por ello, Scarlet se siente como la apuesta más existencial de Studio Chizu hasta la fecha; una obra visualmente ambiciosa y llena de conceptos poderosos, aunque no siempre resulte igual de sólida en su ejecución emocional.
| Dirección: Mamoru Hosoda País: Japón Año: 2025 Duración: 112 minutos | Reparto (seiyus): Mana Ashida, Masaki Okada, Masachika Ichimura |