Durante el 7 y 8 de mayo tuvimos la fortuna de tener a la famosa autora Rosa Montero en nuestro país gracias a Planeta de Libros Chile. Rosa vino a presentar su más reciente libro Los tiempos del odio, la tercera entrega de la saga de ciencia ficción de Bruna Husky.

Rosa Montero nació en 1951 en Madrid, España. Se desempeñó desde un inicio como periodista (y hasta la actualidad), pero la pasión por las letras siempre estuvo y así fue como publicó su primer libro Crónicas del desamor (1979), desde ese momento el resto de novelas fueron llegando una tras otra. A pesar de que siempre tuvo su lado más fantástico recién lo pudo sacar a relucir con su quinto libro llamado Temblor (1990) y de ahí gran parte de sus novelas tuvieron un factor diferente que las alejaba del realismo puro.

La saga que la trajo esta vez a Chile es la de la detective replicante Bruna Husky que comenzó con Lágrimas en la lluvia (2011), luego con El peso del corazón (2015) y ahora su tercera parte Los tiempos del odio (2018).

A continuación, está la entrevista que gracias a Planeta de Libros Chile le pudimos realizar a esta autora.

¿Por qué escribir? ¿Qué significa para ti todo el proceso de escribir?

Pues la verdad yo no escogí escribir, no lo elegí, en realidad es algo que te viene. La mayor parte de los novelistas hemos empezado a escribir de niños y leí una entrevista de Rowling y decía que su primera novela era de un conejo que hablaba y que la escribió a los 6 años. Y yo, mis primeros cuentos eran de ratitas que hablaban y los escribí a los 5 años. Así que a todas nos da por escribir de roedores parlantes y no sé si tendrá algún tipo de significado oculto.

Esto quiere decir que desde que me recuerdo como persona, porque el recuerdo articulado de uno mismo pues viene a ser entre los 4 y 5 años. Entonces, desde que me recuerdo como persona me recuerdo escribiendo, así que eso forma parte de lo que soy. Está en la estructura de mi personalidad, en mi definición como el hecho soy mujer. Escribo. Es como un esqueleto exógeno que me mantiene en pie y yo creo que todos los novelistas, o casi todos, creemos que si dejamos de escribir nos volveríamos locos, nos desharíamos, nos partiríamos en pedazos y tal, nos desplomaríamos como un moco en el suelo. Porque es como un esqueleto exógeno que nos mantiene en pie y te da la forma de alguna manera. Yo no puedo… no se me ocurre como podría vivir sin escribir.

Vamos, por eso además da tanto miedo el bloqueo. Yo tuve un gran bloqueo después de mi tercera novela Te trataré como una reina en el 83 y después empecé otra novela y se me murió, me bloqueé y estuve como 3 o 4 años sin escribir. Fue horrible realmente, no es solo que no puedes escribir es que se te para la cabeza. Lo que es la cabeza de un novelista, en general, es como la cabeza de un niño pequeño. De niños todos imaginamos cosas, sales a la calle ves pasar un perro y crees que es un dragón. Y a la mayoría de los niños cuando llegan a los 12 años y así, la mayoría le dice que esas ensoñaciones son de niños pequeños y las tienen que dejar y las dejan. Los novelistas, como dicen los expertos, somos gente inmadura que no ha dejado esas imaginaciones. Entonces, yo todo el rato estoy imaginando cosas y no es que yo las quiera imaginar, mi cabeza va sola. Mi imaginación se dispara y me cuenta historias que la inmensa mayoría de ellas no van nunca a una novela o a nada. Muy de cuando en cuando se te ocurre una, no sabes de dónde, es como un sueño que sueñas con los ojos abiertos que te emociona. Una imagen que te emociona tanto que no te cabe en el pecho, no te cabe en la cabeza entonces te dices tengo que contarlo, tengo que compartirlo. Y ahí es cuando nace la novela, el cuento, lo que sea. Y es bonito, porque si os dais cuenta desde el primer momento de la creación, desde el más ínfimo huevecillo de creación de una novela está el lector y la necesidad de compartir. Pero bueno, en realidad todo esto que estoy contando es para decir que cuando te bloqueas  no solo es que no puedes escribir, es que se te seca la cabeza, es que ya no tienes esas imaginaciones y eso es aterrador. Es como si no pudieras percibir la vida. He llegado a la conclusión, y esto lo voy a desarrollar en algún libro, de que en realidad los novelistas somos gente un poco rara, psicológicamente un poco tarados, que necesitamos entre la realidad, la vida y nosotros esa manipulación de las historias imaginarias, para poder sentir la vida, para poder aprehender la vida.

Hay unos versos maravillosos de Fernando Pessoa que lo explican muy bien que dicen “El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que hasta finge que es dolor, el dolor que en verdad siente” (Autopsicografía). Es como si necesitáramos ese fingimiento del dolor verdadero, de la alegría verdadera para poder sentirlos.

¿Desde 1983 no volviste a pasar por un bloqueo así de fuerte?

No, porque tampoco no sé cómo se produjo. Y de la misma enigmática manera en que se produjo se fue. Así que es una cosa que pasa por ahí dentro, en la oscuridad del cráneo. Luego, tuve un principio de bloqueo, así mínimo, micro antes de escribir La ridícula idea de no volver a verte, llevaba año y medio trabajando en una novela, de título provisional La selva, porque sucede en una selva. Y de hecho, escribí ya los primeros 3 capítulos que me siguen gustando. El primer capítulo de esa novela me parece buenísimo, dentro de mi literatura quiero decir. Sin embargo, de repente no podía seguir y me entró el horror. No le dije a nadie, me pasé una semana penando pero yo veía que no iba a poder seguir con la novela. Entonces, por casualidad mi editora de Seix Barral, Elena Ramírez, me mandó el diario de Marie Curie, un pequeñísimo diario que escribió el año siguiente a la muerte de su marido. Mi editora me lo mandaba para ver si me apetecía escribir un prólogo para una colección que tiene de unos libros ínfimos. Pero al leer el diario de Marie Curie era un diario de duelo desgarrador, yo de ella conocía lo que conocíamos todos de ese personaje épico, que no sonreía, el control que tenía de la vida. Pero cuando lees esas páginas te das cuenta de que esa mujer era mucho más compleja. Y entonces comprendí que yo quería rebotar en Marie Curie estas preguntas básicas de todos nosotros, para ver cómo ella las contestó en su propia vida. El libro salió solo de un tirón.

Además, fue un libro en el que te liberaste también tú, ¿no?

Si, bueno, no creas. Cuando se murió Pablo, mi marido, mis amigos me decían que escribiera un libro de duelo, porque saben lo importante que es para mí la escritura y pensaban que me ayudaría. Y yo les decía que para mí la escritura no es eso, no me gusta la literatura autobiográfica y pegada a la realidad. Yo necesito separar ambas cosas. Por eso escribo personajes que salen del inconsciente, como sueños por la noche que representan algo muy profundo tuyo, pero no puedes saberlo. Pero claro, cuando yo empecé a escribir La ridícula idea, ya habían pasado dos años desde la muerte de Pablo. Entonces, ya habían pasado los dos años álgidos de duelo, ya había llegado al lugar en el que podía hablar de la muerte y del duelo no desde mi propio duelo. Yo no considero La ridícula idea un libro de duelo, es un libro de vida, de la capacidad de vivir una vida más plena y serena y feliz.

Lo que pasa es para aprender a vivir una vida más plena y feliz primero hay que llegar a un acuerdo con la muerte, con la muerte propia y de los seres queridos. Por eso también, aunque es un libro sobre la vida hay muerte. Aunque claro, hay libros sobre el duelo que me gustan mucho, no estoy en contra del género, lo que pasa es que no es mi manera de relacionarme. Hay uno maravilloso de Piedad Bonett que trata sobre el suicidio de su hijo que tenía esquizofrenia que se llama Lo que no tiene nombre. Y es un libro maravilloso, de duelo duelo. O el libro El año del pensamiento mágico de Joan Didion que es otro libro de duelo. 

En ese mismo sentido, ¿cuál fue el libro que más te costó que saliera?

Pues la verdad uno de los libros que más me costó, bueno, mi novela más ambiciosa, por diferencia que además me llevó un montón de años en escribir, la que más años me ha llevado porque la dejé y la retomé y la dejé; es Historia del rey transparente, eso sin lugar a dudas. Es mi libro más ambicioso, además tiene unos retos enormes ahí, por ejemplo, la voz narrativa es un presente continuo. Lo más difícil que se puede hacer en una novela es contar el paso del tiempo y hacer esta novela que es sobre una vida que cuenta 25 años de paso del tiempo y hacerlo en presente continuo, en el que no puedes decir pasaron tres años no es fácil. Es una voz narrativa tan rara y forzada en un libro de tantas páginas que era un reto enorme, y yo creo que funcionó y ese fue muy fascinante.

El que fue muy pesado para mí de escribir fue La hija del caníbal, porque yo hice con ese libro un libro de potencia, es decir, profesional. Había hecho antes Bella y oscura que para mí sigue siendo uno de mis libros más interesantes, más propios, de una lengua absolutamente tallada, como si fuera un diamante, muy poético y tal. Me sigue pareciendo uno de los libros que más me gustan. Entonces, tuvo una acogida muy difícil por una cosa completamente prejuiciosa. Yo había tenido mucho éxito desde muy joven, era mujer, me consentía el mandarinato cultural que tuviera éxito si no me daban el lugar literario, pero cuando hice un libro muy literario no me lo quisieron dar. Que luego ya me lo han dado, me han dado el premio de las letras y tal, pero costó un montón de años. Y entonces yo dije ¿Qué quieren? ¿Quieren un libro convencional? Pues yo sé hacer un libro convencional, con un descaro increíble porque no es verdad que pudiera saberlo. Entonces, me puse a hacer La hija del caníbal que es un libro de potencia, y la verdad es que me aburrió. Aunque le estoy muy agradecida, es un libro que se ha vendido muchísimo, que ha gustado muchísimo, que me abrió muchos mercados y está muy bien. Pero sí, es el libro que más me costó, porque es el que está más lejos de mi epicentro creativo.

Dentro de algo similar, en una entrevista mencionaste que te demoraste hasta tu quinto libro, Temblor, poder escribir ciencia ficción porque no es lo que escriben las mujeres. ¿Cómo fue eso?

No, no es lo que “escriben las mujeres”. Yo soy una persona muy light, pero para mí no supone ningún problema la relación que tengo con la vida, tengo una parte muy racional, muy lógica, hiperracional, hiperlógica y luego tengo una parte muy fantástica. Desde que soy pequeña es así. Para mí el mundo es así, además. Tiene la parte hiperracional y la parte hiperfantástica y esas dos partes se llevan fenomenal. 

Entonces, empecé a trabajar en los últimos años del franquismo como periodista en una sociedad hipermachista. Yo tenía 19 años, porque empecé a trabajar en primero de carrera. Entonces, en ese mundo machista tenía que demostrar que era un hombrecito y oculté eso sin darme cuenta, oculté una parte más fantástica porque eso son “locuras fantasiosas de mujeres”. Y lo que hice fue sacar solamente mi parte más lógica y debatir con los hombres, con sus mismas armas para ganarme el respeto. Pero yo no fui consciente de hasta que punto estaba reprimida esta parte hasta que salió Temblor y esto fue en el año 1990 a mis 39 años, eso quiere decir ya que me tomó 3 años escribirlo, que hasta los 36 años no pude dejar salir mi lado más fantasioso. 

¿Y cambió después de Temblor?

Todo. A partir de Temblor, una novela de ciencia ficción, todas mis novelas han tenido una ambición, que es la de presentar el mundo tal como lo veo, con la lógica de unir la realidad con lo fantástico. Que es difícil porque vivimos en un mundo muy de cajoncitos. Ha sido para mí un reto desde entonces.

Hay un video tuyo sobre la ciencia, en el que decías que no te gustaba esa separación entre ciencias y letras. 

Es que lo lógico es que seamos de ambos. ¿Quién dice que una cosa son las humanidades y otras las ciencias? Yo es que eso no lo entiendo, me parece una castración. Yo experimenté como una castración tener que escoger a los 14 años entre ciencias y letras, escribía desde pequeña y tal, por lo que escogí letras, pero vamos, realmente me encantaba la ciencia, me ha gustado toda la vida, leo muchísima divulgación científica. Y también me parece un horror si alguien no sabe quién es Shakespeare se le considere un analfabeto, que con razón que lo es. Y alguien que no haya oído que existen las leyes de la termodinámica, no te digo que se las sepa, pero que sepa que existen, que las haya oído, pues eso no parece que sea incultura. Para mí es igual de analfabeto.

Por otro lado, estamos en la cosa de la crecida del retrogradismo como lo cuento en Los tiempos del odio, la crecida del fanatismo, pero vamos tremenda, ¿no? Pero eso es algo a lo que hay que oponerse, como los terraplanistas. Por otro lado, al mismo tiempo, hay un desarrollo científico maravilloso, se hacen cosas increíbles a una velocidad asombrosa. También cada vez más la tecnología está en la vida de la gente, en la gente normal.

Ahora, entrando a Bruna. ¿Cómo llegó Bruna? ¿Cómo fue ese primer vistazo en tu cabeza?

La verdad es que lo primero que yo quise con Bruna fue crearme un mundo propio, regalarme un mundo propio. Yo creo que todos los novelistas queremos, ese gran sueño, porque claro al ser novelista estás jugando a ser dios, pero ya crearte un mundo propio es ser una diosa muy poderosa. O ser una niña que juega con un juguete enorme. Así que la verdad, lo primero fue ese mundo, un mundo de ciencia ficción que me ha encantado toda la vida y tal, y un mundo que no estuviera muy lejano del nuestro, lo puse solo 100 años más adelante, pero la cosa va tan rápido que parece que vamos a llegar antes. Entonces, pensé en una persona e inmediatamente me surgió la idea de hacer una recuperación de un mito contemporáneo, como quien hace su propia versión de un mito clásico, yo podría haber hecho una versión del Edipo. Yo pensé inmediatamente en una versión del mito contemporáneo de el replicante de Philip K. Dick. ¿Por qué? Porque cumple dos cosas metafóricamente que son obsesiones mías de mis novelas de todos los tiempos. La primera que es una criatura que vive menos y que por lo tanto no puede olvidarse que es mortal y la otra que es una criatura que tiene recuerdos artificiales. Entonces, las dos cosas forman parte de mis obsesiones, yo desde mi primera novela que la escribí con 26 años pues ya hablo de la muerte, del paso del tiempo, de la memoria como una construcción imaginaria. Me dije, esto me viene muy bien. Esas dos cosas son las únicas que tomé de los replicantes de Dick, que ya es mucho. Porque ya no tiene nada que ver con los replicantes de Blade Runner, ni el mundo tampoco.

A pesar de que es ciencia ficción, tu libro habla mucho de ahora.

Claro, es que mi mundo no es una distopia. No es un mundo catastrofista, es un mundo realista. Yo creo que el mundo en el que vivimos es peor que el mundo de Bruna. Es que, por ejemplo, el mundo de Bruna tiene cosas mejores: no hay sexismo en la Tierra, hay un mayor respeto por los animales, aunque quedan poquísimos. No hay homofobia. Están los estados unidos, en el sentido de que no hay nacionalismos que han llenado de sangre la historia humana. Entonces, hay cosas mejores.

Las cosas peores son el resultado del avance del cambio climático que, por desgracia, yo intentaba hacer un futuro realista, posible. Es decir, tanto científicamente y políticamente, un futuro posible e incluso probable. Por ejemplo, ya estamos viviendo eso de que nos cobren más por el aire puro. Incluso, en el libro, el Tribunal Constitucional echa para atrás esa propuesta, o sea, que hay una lucha. Y mi libro da una esperanza a ese mundo, de que puedes desenmascarar las mentiras y puedes luchar. Hay que hacerlo, eso no debe parar nunca.

Pero sobre lo del cobro del aire, en el libro se ve que quieren hacer pagar a las compañías de electricidad una cuota para poder vivir en las zonas menos contaminadas. Y eso es exactamente lo que está pasando sin que sea así: hace 5 meses salió un reportaje en El País de que en un país de África habían hecho análisis a los niños recién nacidos y su sangre ya estaba contaminada por los basureros electrónicos que les estamos metiendo. Y no solo eso, por ejemplo, en Madrid al norte tiene una sierra, una cordillera, por lo que está muchísimo menos contaminado que el sur que, además tiene allí muchas industrias, así que el norte de Madrid es hasta diez veces más caro que el sur para vivir. En París, al oeste está el mar, por lo que corre más brisa y el oeste es más caro que el este para vivir. Y así ha pasado siempre, incluso en el siglo XVIII. Por supuesto que no estamos pagando una cuota, pero se paga de otra manera.

Entonces, insisto, nuestro mundo es más horrible que el mundo de Bruna.

Sobre la parte científica, si tienes dudas más específicas ¿tienes a alguien que te ayude?

Sí, claro. En general no me ayuda nadie, como a mí me gusta muchísimo el tema, tienes que documentarte. No es que me documente para escribir porque te tienes que documentar en cosas muy concretas. En general, todas esas cosas se me ocurren porque ya estás en ese hábitat, porque vas recortando las noticias, porque vas leyendo y ya lo sabes, entonces se te ocurren por eso. Pero claro, te tienes que documentar en pequeñas cosas. Por ejemplo, cuando Bruna se va al espacio está en microgravedad y cuando se va a ir a dormir, pues yo no sé cómo es dormir en microgravedad, entonces me tuve que meter en internet y hay unos vídeos de astronautas que te dicen que se meten en esas especies de saco como los de un canguro. Y que, además, sienten como que los pies se suben al aire. Ese dato en concreto no lo sabía, entonces te tienes que meter y buscarlo.

En todas las novelas mías donde hay mucha ciencia, lo que hago es que, cuando termino el primer borrador, es buscar a algún científico que me lo revise a ver si meto la pata en alguna cosa gorda porque me falta esa base. En esta, como hay muchísima ciencia de diversas áreas, pues tuve que pedir a tres porque no todos saben todo tampoco. De hecho el que me sirvió más fue el ingeniero aeroespacial, que es maravilloso, porque me salvó de meter una pifia que los otros dos no habían notado.

Tu libro tiene un equilibrio muy lindo en lo político-social, la ciencia y, por supuesto, no deja de lado las emociones, es muy humano. En ese sentido, cuéntanos un poco sobre Ángela.

Es un personaje que me ha conmovido mucho, la verdad. Y luego, además, no escribes los libros para enseñar nada, escribes para aprender, realmente. Cuando terminé este libro me di cuenta que había pasado algo, como salen de lo que tú eres, y es que este personaje, Ángela, tiene graves problemas mentales, tiene una enfermedad mental grave. Entonces, para mí el tema de las enfermedades mentales siempre ha sido importantísimo. En muchos de mis libros salen personajes con problemas y lo he tratado mucho, he escrito sobre ellos y he tratado, como periodista, de intentar borrar un poco el estigma que hay contra las personas con enfermedades mentales, que les llamamos locos, y que es una cosa espantosa, a una persona enferma de cáncer no los llamas cancerosos. Como si fueran abducidos por su enfermedad, sobre todo esa despersonalización, como si no fueras más que la enfermedad. Y claro, ha sido estupendo. Cuando termino la novela, me doy cuenta que está esta mujer, Ángela, que tiene obviamente una enfermedad mental grave y que, sin embargo, al final de la novela va a resultar ser un personaje positivísimo y en muchas cosas esencial.  

Y a pesar de su obsesión con el amor termina enseñando un amor desinteresado, con una idea muy linda.

El amor viene en todo, no solo es el amor sentimental, es la capacidad para oponerse también a los tiempos del odio con otra manera de relacionarse. Por ejemplo, me parece muy esencial la anécdota, que es muy real, de la guerra civil; que después de la guerra civil española, cuando en la mina del norte de España, en los primeros días horribles y sin ley de la post guerra, bajaban matones falangistas, y a los prisioneros republicanos les hacían formarse, enumerarse y les pedían que dijeran un número. Al desgraciado que correspondía con ese número le fusilaban, y lo grandioso es que muchas veces, a aquellas personas que designaban para decir el número, daba su propio número. Ese tipo de gestos de amor altruista son los que nos hacen ser a los seres humanos mejores de lo que somos. Dan la esperanza de que tenemos esperanza. A eso también se refiere el subtítulo de “Sin amor no merece la pena vivir”.

 

Agradecemos a Rosa Montero y a Editorial Planeta por la oportunidad de hacer esta entrevista. Recuerden que pueden encontrar Los tiempos del odio y otros de sus libros en librerías a lo largo del país.

 

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